Dice la sabiduría popular que no se puede chiflar y comer pinole al mismo tiempo. Al parecer, los gobiernos panistas no lo han entendido. No es posible pretender la cooperación con el PRI en el Congreso y, al mismo tiempo, unirse con el PRD para disputarle, en serio, varias gubernaturas el próximo cuatro de julio.
No es la primera vez que los gobiernos panistas se enfrentan al dilema de qué tanto cooperar con su principal oposición, el PRI, y qué tanto hay que enfrentarse a este partido. Este conflicto -yo diría existencial- de los panistas ha estado presente desde que ganaron la Presidencia en el 2000.
En el gobierno de Vicente Fox pronto salió a relucir con el choque que tuvieron los secretarios de Relaciones Exteriores y el de Gobernación. Para Jorge Castañeda, el triunfo de Fox había representado la ruptura con el pasado autoritario y, por tanto, la necesidad de enterrar de una vez por todas las fuerzas del antiguo régimen. En contraste, para Santiago Creel el electorado no había mandado una señal de cambio tan contundente en la elección del 2000, lo que se había reflejado en la conformación de un gobierno dividido con una participación importante del PRI en el Congreso; esto obligaba al gobierno a una postura de acomodo con las fuerzas del antiguo régimen.
Trasladémonos, ahora, al 2010 donde el dilema sigue presente. Las posiciones encontradas ahora están protagonizadas por el presidente del PAN y por el secretario de Gobernación. Para César Nava hay que asociarse electoralmente con los partidos de izquierda a fin de desmantelar, de una vez por todas, las instituciones autoritarias del PRI que se han refugiado en los gobiernos de los estados. Para Fernando Gómez Mont esta alianza es absurda, “antidemocrática” en sus palabras, y complica, si no es que aniquila, la posibilidad de cooperar con el PRI en el Congreso para sacar adelante legislaciones importantes.
¿Qué demonios hacer con el PRI?, ésa ha sido una pregunta fundamental para los gobiernos del PAN: ¿Respetar a los priístas o romper con ellos? ¿Negociar o enfrentarlos? ¿Cooperar o chocar? Lo que resulta utópico es que las dos cosas sean posibles.
Fox dudó durante mucho tiempo qué postura privilegiar. Sin embargo, acabó por acomodarse con el PRI. Ganó Creel. Castañeda eventualmente salió del gabinete. Por su parte, Calderón optó por la misma opción de cooperación con el PRI durante la primera parte de su sexenio. Pero las elecciones del año pasado prendieron las alarmas en el gobierno panista. El PRI arrasó. Había que hacer algo para detener al tricolor en su camino por recuperar la Presidencia en el 2012. Calderón, al parecer, comenzó a dudar y cambiar de postura. Le empezó a agradar la idea de enfrentarse, con todo, al PRI. De ahí la alianza electoral PAN-PRD que ya se anunció en Durango y Oaxaca y que se cocina en otros estados. De ahí, al parecer, la renuncia de Gómez Mont a su militancia panista como una forma de protesta, supongo, por la decisión de los panistas de competir con todo en contra del PRI.
Cuando se escriba la historia de los dos primeros gobiernos de la alternancia en México, un capítulo entero tendrá que dedicarse a lo que podría denominarse como el “dilema priísta de los panistas”. ¿Qué demonios hacer con el PRI?, ésa ha sido una pregunta fundamental para los gobiernos del PAN: ¿Respetar a los priístas o romper con ellos? ¿Negociar o enfrentarlos? ¿Cooperar o chocar? Lo que resulta utópico es que las dos cosas sean posibles porque, como bien dice el dicho, no se puede chiflar y comer pinole al mismo tiempo. Y eso sí que lo entienden los priístas.
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